Tatiana Bilbao

agosto 14, 2009


/foto:Laura Jiménez

Con un estilo horizontal y abierto a las ideas de sus colaboradores, Bilbao se ha convertido en una de las arquitectas más destacadas de su generación. Ha desarrollado proyectos en China, construye el jardín botánico de Culiacán, proyecta una casa en Monterrey, dicta una conferencia en Mallorca.

Ayer perdió el primer avión de su vida.

Algo pasó con el despertador, así que mañana tendrá que reponer sus citas en Culiacán. Allí está construyendo el Jardín Botánico, un edificio biotecnológico, y el Instituto Sinaloense de la Cultura. Proyectos que, junto a la Sala de Exposiciones que construyó en la ciudad china de Jinhua, prometen volverse emblemáticos de su obra. Regresará por la tarde al DF, arreglará unos cuantos pendientes en la oficina y enseguida se trasladará de nuevo al aeropuerto (operación con alto grado de dificultad para un viernes capitalino). Volará por la noche a España, a Bilbao para ser precisos —la ciudad de su abuelo, arquitecto exiliado por la guerra civil española—, donde pasará un par de días en una reunión familiar. De allí brincará a Mallorca, donde dará unas conferencias, para después partir a Suiza, donde visitará la feria de Art Basel en compañía de Jacques Herzog. ¿Se le olvida algo?

“Has venido en un ‘Día Tatiana’”, me dice con una generosa sonrisa en esta calurosa mañana de junio. Vestida con una holgada blusa y unos ajustados pantalones en color negro, Tatiana Bilbao por momentos parece salida de un cuadro de Edward Hooper. Su pelo claro y sus ojos pequeños apenas están resaltados por una delicada sombra púrpura. A sus 36 años ha dejado de ser una de las jóvenes promesas de la arquitectura mexicana.

Tiene su oficina en el tercer piso de un sencillo edificio en el Paseo de la Reforma, en la colonia Juárez de la ciudad de México. Del otro lado de la avenida, en la colonia Cuauhtémoc, fue donde Tatiana y Catia —su única hermana— crecieron dedicándose a la gimnasia olímpica, echando marometas y utilizando cualquier superficie como viga de equilibrio.

Encuentro un despacho repleto de gente joven, repartida a lo largo y ancho de cuatro largos y generosos escritorios. Hay papeles y planos por todas partes, tazas de café, trastes sucios y maquetas hasta en el techo. No exagero: a alguien se le ocurrió pegar bocabajo el proyecto que presentaron (y que no ganó) al concurso para el Arco Bicentenario.

Entre estos veinticuatro arquitectos, la mayoría son mexicanos; el resto proviene de Alemania, España, Estados Unidos, Francia y Portugal. Han llegado por aventura y se han quedado gracias a la libertad creativa que aquí encuentran. “Tuve mucha suerte con este despacho”, dice el francés Ludwig Godefroy, de 30 años, frente a su computadora.

Antes de venir a México trabajó en Rotterdam, ciudad industrial holandesa de 600 mil habitantes, hasta que el frío y el aburrimiento lo hicieron buscar nuevos aires. Comparando esta oficina con otras en las que ha estado, encuentra una diferencia muy clara:

—Cuando llegué me dieron una responsabilidad.

Se refiere a que, en cuanto desempacó, le comisionaron un proyecto de un centro cultural. Casi enseguida Tatiana le llamó por teléfono para decirle que tenía que ponerse en contacto con el ingeniero estructurista. “¿En serio?”, contestó él, pues aún no hablaba español.

Godefroy reconoce que esto jamás le hubiera ocurrido en Francia:

—Lo que más me impresiona de ella [Bilbao] es su poder de convencimiento. Tiene un talento especial para comunicar. De entre todos los arquitectos de su generación es la que tiene el despacho más numeroso. Tatiana tiene el talento para convencer, vender y animar la máquina. Es como la gasolina.

La oficina de Tatiana Bilbao responde a un esquema horizontal, algo que favorece la comunicación y el desarrollo profesional de sus integrantes. Está dividida en tres células de trabajo, según el tipo de proyectos: obra pública y gran escala; habitacionales; culturales y concursos. Dependiendo del proyecto, a Tatiana le gusta trabajar también con artistas, paisajistas, botánicos, filósofos. Es una convencida de que la arquitectura hoy en día es multidisciplinaria y global.

Francisco Solórzano, guanajuatense de 32 años, es uno de los tres jefes de célula. Uno de sus primeros encargos cuando llegó al despacho hace un par de años fue el pabellón de México en la Expo Zaragoza 2008, dedicada al tema del agua. Él recalca el hecho de que Bilbao se esté abriendo camino en un negocio netamente de hombres: “El de la arquitectura es un medio muy difícil y muy egoísta en donde te meten el pie a cada momento, pero la generación a la que pertenece Tatiana me encanta, ya que se ha convertido en un gran colectivo de oficinas privadas”.

Aunque el feminismo no parece interesarle demasiado, hay que decir que sus logros se inscriben en un contexto dominado por hombres y que ciertos ámbitos, como el de la construcción, son injuriosamente machistas. “En una realidad en la cual las escuelas y carreras de arquitectura tienen más mujeres que hombres, pero no así en la vida profesional, donde el gremio es mayoritariamente masculino y ellas sólo constituyen 2 por ciento, Tatiana Bilbao es una excepción que brilla junto a otras pocas mujeres arquitectas”, escribe Alina Amozurrutia en su libro 101 mujeres en la historia de México, publicado por la editorial Grijalbo.

“Los arquitectos no somos nada bohemios”, me asegura Tatiana. Esto viene a cuento porque cuando el diario El Universal la entrevistó hace un par de años, confesó que los arquitectos en sí tienen una vida personal muy sacrificada y que en el caso de la mujer ésta se vuelve más difícil.


Sala de exhibiciones, Parque Arquitectónico de Jinhua, China.
Construido entre 2004 y 2006, este proyecto catapultó al despacho de Tatiana Bilbao al plano internacional. Se trata de un serpenteante edificio de dos niveles y 1,450 metros cuadrados, reinterpretación de un jardín chino y de la propia e irregular topografía del lugar. Los visitantes de este parque pueden disfrutar de la experiencia de otros nueve edificios de destacados despachos internacionales como Herzog & De Meuron y HHF Architekten.


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Tatiana Bilbao Spamer vive con un pie en el avión.

Tan sólo en 2008 pasó seis meses fuera de la oficina, según cuentan sus allegados. Un precio que le encanta pagar, pues viajar siempre le ha gustado, desde que sus padres, profesores físico-matemáticos (fundadores del Colegio Bilbao de la ciudad de México), llevaban a sus gimnásticas hijas a recorrer el país.

En 2007, la revista neoyorquina Architectural Record eligió a su despacho como uno de los diez más vanguardistas del año. En esta publicación, Bilbao es presentada como una defensora urbana. “Nuestra generación está teniendo un montón de oportunidades para construir proyectos de gran escala con gente que está interesada en la arquitectura”, declaró a Architectural Record. “Pero no estamos trabajando con el gobierno en nada”.

La revista estadunidense destaca, sobre todo, uno de sus proyectos: la Sala de Exposiciones que hizo para el Parque Arquitectónico de Jinhua, inspirado en la experiencia de recorrer un jardín chino.

De acuerdo con Architectural Record, esta obra —que tiene como material principal el concreto y un gusto por las organizaciones espaciales trianguladas— refleja los principales intereses de Bilbao. Muy llamativa resultó la manera en que la mexicana integró el edificio con el paisaje, a través  del diseño de un complejo circuito de varios niveles.

Russell Fortmeyer, autor del texto, habla de “las teorías de la circulación” de Tatiana Bilbao. Aunque no explica a qué se refieren dichas teorías, parece que esta mexicana que vive a mil por hora no sólo las ha formulado, sino que su despacho y su vida se rigen por ellas.

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Su hermana Catia —administradora del despacho— conduce su auto hacia Polanco, mientras Tatiana manda mensajes por el teléfono celular en el asiento del copiloto. No hay demasiado tráfico, el día es soleado y la zona por la que circulamos tiene su encanto. Sin embargo, la ciudad de México no deja de ser una ciudad altamente conflictiva, capital de una nación urgida de mejores políticas de planeación urbana.

—Nadie tiene la convicción en serio por mejorar la ciudad, sino que la usan como trampolín político—, dice Tatiana.
En 1998, recién egresada de la Universidad Iberoamericana, Tatiana trabajó como asesora en la Secretaría de Desarrollo y Vivienda del Gobierno del Distrito Federal. La experiencia le resultó decepcionante. Pero le sirvió tanto como haber estudiado una maestría en realidad nacional.

Sobre la situación de violencia que vive el país, dice:

—Tenemos la culpa. Lo hemos permitido y no lo hemos denunciado. En España, cuando ETA mata a dos personas, 18 millones salen a protestar. Y aquí, con todos los secuestros y el narco, no pasa nada. Creo que deberíamos todos de estar hablando de un tema: seguridad. La seguridad afecta todo.

Considera que su amigo Derek Dellekamp es el mejor arquitecto de su generación. Con un estilo de trabajo radicalmente diferente al suyo, Bilbao refiere que el despacho de Dellekamp maneja pocos proyectos al mismo tiempo. Uno que le llama la atención es el de unas casas de interés social en Tlacolula, Oaxaca.

Sabedora de que en México existe un monopolio de desarrolladores de vivienda popular, se dice a la espera de su oportunidad para incursionar en este tipo de proyectos. “La arquitectura es muy poderosa, pues puede dar calidad de vida o quitarla”, dijo en otra ocasión al portal de arquitectura Casa México.

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Una clave de su éxito se debe al arte de tocar puertas.

—Eso se lo aprendí a Fernando —confiesa, mientras comemos en un restaurante de mariscos de la colonia Roma. Se refiere al arquitecto Fernando Romero, su ex socio, con quien formó en 1999 el Laboratorio Ciudad de México (LCM), un espacio de experimentación para dos recién egresados con muchas ganas de cambiar la ciudad desde el entorno privado. Prácticamente sin experiencia (y sin clientes), Bilbao y Romero se dedicaron a tocar puertas, al mismo tiempo que imaginaban desaforados proyectos, como el de una casa en la Luna.

Un día se les ocurrió hacerle una visita a Gabriel Orozco. Estaban interesados en la obra del artista mexicano y sabían lo importante que era para él la figura del círculo, así que le diseñaron una casa en forma de huevo. Y fueron a tocarle. Orozco vio el proyecto, se rió y volvió a cerrar la puerta. Sin embargo, cinco años después, Orozco se presentó en el recién creado despacho de Bilbao. Bajo el brazo llevaba unos dibujitos para que le construyeran una casa en la playa.

Como Bilbao y Romero seguían teniendo todo el tiempo del mundo, se les ocurrió también organizar conferencias. “¿A qué arquitectos internacionales nos gustaría invitar?”, se preguntaron. Sin ponerse límites decidieron que a los suizos Jacques Herzog y Pierre De Meuron, ganadores del premio Pritzker (el premio más importante del mundo a la trayectoria de un arquitecto).

De Meuron se excusó, pero a Herzog sí le latió dejar su apacible y aburrida aldea (Basilea) y darse una vuelta con su esposa y su hija pequeña por el caos del DF. Se la pasó de maravilla. Y, golpe de suerte, los proyectos de Tatiana Bilbao le gustaron. Esto se ha traducido en invitaciones a proyectos como el Ordos 100, en la provincia de Mongolia, China. Se trata de un desarrollo de cien viviendas de carácter experimental y popular, en el que también participan otros ocho jóvenes despachos mexicanos: At 103, Dellekamp Arquitectos, Frente Arquitectura, Frida Escobedo, Javier Sánchez, Productora, Rojkind Arquitectos y Taller Territorial de México


Roca Blanca, Puerto Escondido, México
Pieza del artista mexicano Gabriel Orozco, cuyo proyecto ejecutivo corrió a cargo de Tatiana Bilbao, entre 2006 y 2007. Inspirada en el observatorio astronómico hindú de Jantar Mantar edificado en el siglo XVIII, se trata de una casa de descanso para el propio Orozco y su familia, construido por personas de la comunidad de Roca Blanca, Oaxaca.


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Por la tarde, y de regreso en su oficina, Bilbao sostiene varias reuniones exprés con sus diferentes células de trabajo. En una esquina donde el sol cae con todo a través de unos amplios ventanales, Tatiana le da vueltas a la maqueta del proyecto del Centro de Espectáculos de Irapuato, conocido también como el Palenque. Se trata de un edificio que tiene similitudes formales con Los Guachimontones, pirámides circulares del occidente de México. Algo no le convence y se detiene a revisarlo, mete su pluma por una rendija de la maqueta mientras comenta el asunto con Judit Ferrando, una tozuda catalana que desde que llegó a México hace un par de años, tuvo claro que quería trabajar en el despacho de una mujer.

Bilbao, cuyos edificios se caracterizan por una honestidad en el uso de materiales siempre al servicio de la estructura, es devota de las maquetas y de todo aquello que pueda hacerse “con piedra, papel y tijeras”.

Entrevistada en 2005, cuando la revista Obras del Grupo Editorial Expansión, la nombró una de las diez promesas de la arquitectura mexicana, Tatiana definió de esta forma su quehacer: “El espacio en sí es la herramienta de trabajo, mientras que el programa arquitectónico define al edificio. En concreto: la oficina analiza el programa de acuerdo con el sitio y el usuario, y genera una respuesta específica para cada espacio”.

¿Se puede hablar de un estilo que defina la arquitectura de Tatiana Bilbao?, le pregunté al francés Godefroy.

—No. En este despacho, yo no creo. Tatiana deja diseñar a varias personas. Creo que no está buscando ese tipo de arquitectura. Más bien está abierta a cualquier tipo de propuesta.

La cuenta regresiva del inminente viaje de Tatiana a Europa ha comenzado y eso significa que tiene que atender algunos aspectos de su persona, incluidos los estéticos. Así que la arquitecta se prepara para abandonar de nuevo la oficina, no sin antes tener una charla de pie con Thorsten Englert, el jefe de la célula de proyectos habitacionales.

Thorsten Englert, de 37 años, es un berlinés que llegó hace tres años, debido a la caída de la industria de la construcción en Europa. Está muy motivado por estar en México, un país con todo tipo de climas en donde, arquitectónicamente hablando, todo está por hacerse. Tiene un proyecto en Puerto Vallarta, “en la jungla”, como él dice. Pero la maqueta que me muestra es la de Casa Ventura. Será un edificio horizontal, a la manera de un mecano de pentágonos irregulares, sobre un terreno pedregoso frente al Cerro de la Silla en Monterrey. Al igual que el Jardín Botánico de Sinaloa y la Sala de Exposiciones de China, tiene trazas de volverse memorable.

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“Al final del día” es una frase que le gusta pronunciar a Tatiana Bilbao. Me doy cuenta de esto justamente cuando son casi las diez de la noche y me encuentro en la resplandeciente cocina de su curvilíneo departamento, uno de los primeros edificios que Mario Pani construyó en la década de los cuarenta. En comparación con su despacho, este lugar es orden y vacío, ideal para el aislamiento.

Bilbao se prepara una taza de chocolate con su novio, un conocido editor de libros de arte. Bebo un sorbo de té antes de preguntarle por su vida presente.“Me encanta mi vida”, dice. “Me gusta mucho lo que hago, me gusta mucho el ritmo que tiene. Lo dictamino yo, obviamente. Hay veces, como hoy, que acabo hecha pedazos, pero me gusta hacerlo. Al día siguiente lo vuelvo a hacer y al día siguiente. Lo hago porque me gusta. Estoy muy contenta y sorprendida de que yo esté haciendo esto”.

Cíclica, como aquellas misteriosas teorías de la circulación, Tatiana Bilbao tiene que correr a hacer la maleta. No hay tiempo que perder. Mañana será otro ‘Día Tatiana’. m.

FUENTE: MAGIS Universidad Jesuita de Guadalajara

Tatiana Bilbao. Retrato de una arquitecta global | .: ITESO | MAGIS | profesiones + innovación + cultura

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