Pawson se mete en el agua

febrero 7, 2007

por ANATXU ZABALBEASCOA

La pasarela Sackler diseñada por John Pawson para los jardines de Kew, al oeste de Londres, habla de cómo armonizar vanguardia y pasado, apunta cómo intervenir en lugares protegidos y sugiere cómo relacionar, con naturalidad, arquitectura y naturaleza.

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El arquitecto John Pawson- RBG KEW

Caminar sobre el agua. La pasarela Sackler que John Pawson (Halifax, 1949) ha construido en los jardines de Kew es un puente que no se ha tendido para salvar un obstáculo. Se mete de lleno en él. Lo abarca, lo absorbe. Lo hace desaparecer. La tradición paisajística inglesa -de abrir las vistas y presentar como natural un paisaje artificial- y el ánimo coleccionista de los parques temáticos se dan cita en el mismo escenario de los jardines de Kew, 10 kilómetros al oeste de Londres. En este lugar, declarado Monumento de la Humanidad por la Unesco en el año 2003, el pintoresquismo de una pagoda china, que firmó William Chambers en 1762, convive con el funcionalismo huesudo de uno de los invernaderos más famosos del mundo, la Palm House, que construyeron Richard Turner y Decimus Burton, casi un siglo después. Como fondo, 27.000 plantas -de las 270.000 especies que florecen en el mundo- pueblan las 300 hectáreas que fueron el jardín del monarca Jorge III y que hoy reciben más de un millón de visitantes al año. ¿Cómo puede semejante almacén de historia decir algo nuevo? ¿Cómo seguir creciendo en medio de una existencia plena que se renueva cada estación cambiando sin cambiar?

Doctor en botánica y miembro de la Royal Society, la academia británica de las ciencias, Peter Crane, que dirige Kew desde 1999, tomó prestada esa lección de la naturaleza: el cambio sin cambio. Y puso en marcha en los jardines una política renovadora explotando esa paradoja: la mezcla incierta entre la conservación y la transformación. “Huesos georgianos, desarrollo victoriano, futuro de vanguardia”, con ese objetivo explicó su ambicioso programa. Y, con la misma voluntad, Kew ha visto cómo, en los últimos años, no sólo se ha podido preservar el clima plácido del parque, también se han recuperado, redescubierto y restaurado muchos de los singulares edificios que lo pueblan. Se han abierto al público las antiguas alcobas levantadas por aristócratas caprichosos y arquitectos inspirados. Se ha ventilado el lugar. Y se han calculado matemáticamente los cambios. Para mantener el interés de una colección arquitectónica variopinta y ecléctica entre los extremos de lo sublime y el kitsch era preciso aprender a verla de otra manera, generar nuevos puntos de vista, pensar otros recorridos. Esas decisiones han transformado un lugar que sigue siendo el mismo. En eso ha consistido la puesta al día de un parque que lleva años, siglos, convertido en uno de los escenarios favoritos del ocio de los londinenses.

El arquitecto John Pawson ha
sido el último en participar en ese programa de renovar para conservar. El verano pasado, puso la última piedra de esa transformación. Desde que se inauguró la pasarela Sackler, que lleva su firma, los jardines de Kew pueden verse desde el centro de su lago. Y desde lo alto de la antigua pagoda, un mirador de 50 metros de altura que permite contemplar cómo el parque se funde con su entorno y cómo Londres crece en el horizonte. La intervención de Pawson invita, literalmente, a caminar sobre el agua. La distancia entre la pasarela y el lago es tan escueta que el granito del puente parece flotar sobre el agua. La elección de este proyectista para realizar un trabajo sereno, pero rotundo, no fue casual. Adalid del minimalismo, Pawson es un arquitecto relativamente tardío, formado en Japón, a la sombra del desaparecido Shiro Kuramata, un diseñador que empeñó todo su esfuerzo en trabajar con lo etéreo.

Arropado por la bonanza de una fábrica textil familiar, Pawson llegó a la arquitectura con la tranquilidad de quien no tiene la urgencia de ganarse la vida. Y compaginó los viajes y el estudio con esa larga estancia en Japón, donde vivió seis años. Todos sus proyectos destilan ese bagaje y esa tranquilidad. Tal vez por esa flema tan elegante, la esencialidad blanca y geométrica de Pawson ha pasado a representar un nuevo estilo británico tan propio como el tudor, o el victoriano, pero tan internacional como el más reciente high tech, que también tuvo origen insular. Así, en los últimos años, la contención de David Chipperfield, la esencialidad de Claudio Silvestrin, la marca povera de Caruso & St. John y el hacer escueto y rotundo de Pawson han sido uno de los sellos más imitados en el mundo. Y aunque el estilo no saliera sólo de Londres, en John Pawson encontró a su gurú, a su apóstol, y a su mejor predicador. No en vano él -que ha firmado desde tiendas de Calvin Klein en Nueva York hasta un monasterio cisterciense en Bohemia- fue el proyectista seleccionado para el pabellón británico de la Bienal de Venecia el año 2004. ¿Qué tenía este arquitecto purista que decir en un lugar pintoresco, mestizo y, sin embargo, bucólico, como Kew? Pawson se metió en el lago. Sobre el agua, pegado al agua, ha construido un mirador curvilíneo, un puente intermitente, un bucle en el paisaje, una onda fija sobre el agua móvil. La pasarela Sackler explota el límite entre su credo minimalista y la expresividad curvilínea de Capability Brown, uno de los legendarios paisajistas ingleses que redibujó con sus “sinuosas líneas de gracia” la campiña de Surrey que ocupa Kew. Otro de los proyectistas que firmó edificios en estos jardines, William Kent, abogaba, ya en el siglo XVIII, por una arquitectura de encuentro y descubrimiento, por un jardín de misterios en el que los inmuebles apareciesen por sorpresa.

El puente de Pawson es una sor
presa. Más japonesa que inglesa, esta pasarela de granito, protegida por un pretil de lamas de bronce que no se tocan nunca, se posa sobre el lago como si flotara. Tiene un aire atemporal y sin embargo contemporáneo, y una silueta limpia, caligráfica. Por eso su eco oriental no es un préstamo. Está lejos de los mimetismos y los pastiches que reproducen con alegría otros elementos del parque, como la celebrada pagoda de Chambers. El puente de Pawson es una destilación arquitectónica, un elemento artificial que parece natural en el corazón de un jardín. Un mirador tiene la cualidad de formar parte del paisaje que contempla. Permite observar el lugar donde ha sido levantado. Por eso un puente mirador reinventa la manera de mirar y redefine el lugar. Como todo parque, los jardines de Kew son un paisaje artificial al que se llega buscando naturaleza. La naturaleza del lugar se lee entre copas de árboles y capas de historia. Y en esa mezcla entre el festival de los pabellones y la contemplación de las especies protegidas, la pasarela Sackler reinventa Kew. Le da otras vistas. Un puente sugerente incita a atravesarlo, instiga a preguntarse qué queda al otro lado. Un puente como éste invita a permanecer en él. Es un lugar de paso en el que uno desearía quedarse. Habla con rotundidad, pero sin levantar la voz. Se posa con firmeza, pero se curva como un junco. Se adapta, en lugar de imponerse. Encierra una lección de la naturaleza: se debe hablar al mañana desde el ayer. Se puede cambiar sin herir. A veces lo nuevo puede adivinarse eterno.

ElPais.es

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