Bienal de Arquitectura de Venecia

septiembre 16, 2006

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Hasta ahora, lo que he visto….es que no hay nada nuevo bajo el sol.

España con proyectos de mujeres al borde de un ataque de ideas, Suiza y San Pedro de Macorís en manos de Tschumi.

Pabellón de Suiza
Bernard Tschumi Architects, Elliptic City: Independent Financial Centre of the Americas, Juan Dolio, D. R. 2006

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Pabellón de Corea

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Pabellón de Francia

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Pabellón de Italia

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fuente: design boom

Ciudades sin arquitectura
La décima edición de la Bienal de Arquitectura de Venecia, que se desarrolla en la ciudad italiana hasta el 19 de noviembre, se enfrenta a los problemas provocados por el actual desarrollo urbano descontrolado. El resultado es un panorama cargado de buenas intenciones pero falto de soluciones convincentes.
RICHARD INGERSOLL
BABELIA -EL PAIS- 16-09-2006

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Después de ser acosado por estadísticas y vistas aéreas, uno empieza a echar de menos la compañía de autores célebres o al menos de un cierto sentido de proyecto arquitectónico
Un sobrecogedor imperativo moral planea sobre la Bienal de Venecia de este año, la exposición de arquitectura más importante del mundo: es necesario hacer algo antes de que la masa urbanizada invada el planeta. Que la arquitectura sea el problema o sea la solución sigue siendo una gran incógnita. El título de la muestra, Ciudades, arquitectura y sociedad, es especialmente impreciso en cuanto a que el contenido de la exposición principal, situada en la sala de la Cordelería del Arsenal de Venecia (larga como un estadio), está dedicada a 16 regiones urbanas de un tamaño y complejidad tal que ya no pueden llamarse “ciudades”. Cualquiera de ellas -Londres, Tokio, Nueva York, México DF, Bombay, Shanghai- está compuesta por la fusión de varias ciudades en torno al núcleo de una ciudad histórica y cada una de ellas comprende una megalópolis en expansión de millones de habitantes en zonas que normalmente ocupan más de 50 kilómetros de diámetro. Además de esta anomalía lingüística, la exposición principal padece una ausencia más significativa, no hay “arquitectura”, es decir, no hay obras que se puedan considerar como proyectos memorables mediante una serie de dibujos, maquetas o fotografías reveladoras. Los edificios y proyectos que se pueden ver en la impresionante serie de películas y fotografías utilizadas en la muestra son sospechosos, siempre circunstanciales en relación con una realidad mayor. En principio, esta falta de arquitectura le sorprende a uno gratamente en una muestra conocida por sus incestuosas relaciones con los arquitectos estrella y por el fomento tendencioso de modas formales. Pero después de 300 metros de ser acosado por estadísticas y vistas aéreas, uno empieza a echar de menos la compañía de autores célebres y de sus obras de marca, o al menos de un cierto sentido de proyecto arquitectónico.

El director de este año, Richard Burdett, profesor de la London School of Economics y asesor arquitectónico del alcalde de Londres, además de adjudicar el León de Oro a la trayectoria profesional a su amigo íntimo Richard Rogers, ha evitado calculadamente cualquier noción de criterio para la arquitectura. Las buenas intenciones, sin embargo, abundan. Adornando las paredes se encuentran palabras como sostenibilidad o justicia social, pero no se las dota de un contenido estético particular, ni tampoco a través de los pocos ejemplos, como el sistema de transporte de Bogotá, se hace uno a la idea de lo que se debe hacer. Un proyecto ejemplar de regeneración urbana, como por ejemplo el de 22@ de Barcelona, se encuentra mezclado con cientos de imágenes de otras cosas que hacen que se pierda por completo.

La alarma en torno al crecimiento urbano incontrolado ha venido sonando con frecuencia desde finales del siglo XIX, cuando Ebenezer Howard, en reacción a las densidades inhumanas de Londres, la primera megalópolis sin límites del mundo, propuso la Ciudad Jardín como forma de restaurar el equilibrio entre ciudad y naturaleza. Dos generaciones más tarde, Josep Lluís Sert publicó las nociones modernas de urbanismo descentralizado en su tratado Can Our Cities Survive? Y más de 50 años antes, el más influyente historiador del urbanismo, Lewis Mumford, bramaba constantemente en contra de la dispersión incontrolada y del crecimiento urbano. El pabellón holandés comisariado por Aaron Betsky retoma algunas de las vistas aéreas que muestran cómo los arquitectos holandeses afrontaron históricamente la cuestión de la superpoblación urbana, utilizando dibujos de archivo de proyectos en perspectiva, como el plan de Berlage para Amsterdam Sur de 1910 o el plan en forma de colmena para Bijlmermeer de 1960. El pabellón austriaco, comisariado por Wolf Prix, también se remonta a proyectos históricos de utopías urbanas, incluyendo una recreación de la “City in Space” de Frederick Kiesler y de los collages de portaaviones en campos de trigo de Hans Hollein de 1964. Estas obras del pasado eran de hecho lo más cercano al contenido arquitectónico que se puede encontrar en la bienal. La única otra pieza verdaderamente inspiradora desde el punto de vista formal está dedicada al nuevo sistema subterráneo del metro de Nápoles, una serie de “estaciones del arte” coordinadas por Achille Bonito Oliva y diseñadas por arquitectos y artistas internacionalmente conocidos tan diversos como Dominique Perrault y Anish Kapoor.

Si el problema de la urbanización desenfrenada es ya bastante viejo, ¿cuál es la novedad del análisis de Burdett? En realidad, nada, salvo la consideración de las dimensiones cada vez mayores del fenómeno y de la influencia de las tecnologías de la información, que han dado lugar al concepto de “flujos”. Él asegura que en 2050 el 75% de la población mundial vivirá en entornos urbanos y, dado que la mayor parte de Europa y de los países desarrollados ha superado ya este cupo, no parece tan descabellado. Sin embargo, el crecimiento urbano descontrolado es un problema desagradable en cuanto a las consecuencias ambientales, pero no ha dado lugar a una exposición que aporte soluciones convincentes (es un poco como andar a través de un libro de geografía). Ha habido otras exposiciones recientes como Metacity/Datatown (1999) y Mutaciones (2000) que tuvieron mucho más éxito en crear un método gráfico para apreciar la diferencia cuantitativa entre las megalópolis actuales.

Un sorprendente número de pabellones nacionales están dedicados a lo que se podría denominar urbanismo “cotidiano”. De hecho, el pabellón australiano utiliza literalmente el término, el belga está dedicado a la “belleza de lo común” y los del Reino Unido, Hungría, Corea y muchos otros trabajan con la omnipresencia de los paisajes vernáculos y comerciales, que normalmente escapan a la influencia de los arquitectos. El excéntrico japonés Terunobu Fujimori está representado en ese pabellón nacional, presentando un movimiento denominado ROJO (Roadway Observation Society). El visitante tiene que quitarse los zapatos para pasar a través de unos muros de madera carbonizada a una estancia pavimentada con alfombras de tatami para apreciar la extraña colección de cosas que se encuentran por el camino y las misteriosas inserciones de casas de té del arquitecto a esos paisajes.

El pabellón de Estados Unidos
va como siempre por caminos distintos a los del resto del mundo. La elección del huracán Katrina como tema podría haber sido adecuada, teniendo en cuenta que la mayoría de las grandes aglomeraciones urbanas se enfrenta a un grado considerable de riesgo de desastre. Este tema fue explorado de manera interesante por Paul Virilio en su exposición Ce qui arrive de hace dos años en París. En la primera parte de la exposición, del fotógrafo Michael Goodman, se muestra la dimensión geográfica de la inundación, pero el comisario Robert Ivy evita por completo el escándalo internacional del desastre de Nueva Orleans y el escándalo continuado de la indiferencia e inacción del Gobierno. El resto de la exposición presenta simplemente elegantes proyectos de soluciones sobre pilotes realizados por estudiantes que nunca se llegarán a construir.

El pabellón español es uno de los más satisfactorios formalmente y, aunque incluye muchos buenos proyectos urbanos, el enfoque se centra exclusivamente en la presencia de mujeres. Presenta una serie de tres docenas de cajas de luz blancas, cada una con una pantalla vertical de vídeo que muestra a una mujer por encima de la cintura hablando de cuestiones urbanas. El comisario, Manuel Blanco Lage, al estilo de Pedro Almodóvar, ha producido una versión exclusivamente femenina de un mundo que está dominado normalmente por hombres, presentando a las mujeres que trabajan como urbanistas, políticos, artistas, promotoras, vendedoras ambulantes y, por supuesto, arquitectas. La arquitecta Carme Pinós ha comentado: “¡Todo el mundo dice lo bien que salgo en el vídeo, pero parece que nadie se fija en mi torre!” (la recientemente terminada Torre Cube de veinte pisos de altura en Guadalajara, México). Y éste es el espíritu del conjunto de la exposición, que resta importancia al papel de la arquitectura.

El pabellón francés es con mucho el más exuberante
y popular y quizás el que mejor capta el ambiente general de la bienal de este año definido como “ciudades sin arquitectura”. Se expande por fuera y por encima de la galería neoclásica, con tumbonas y mesas de juego desperdigadas a su alrededor. Dentro, uno se encuentra con andamios que albergan una cafetería, un restaurante y un taller de artesanos que hacen camisetas y otros objetos de recuerdo, y la estructura soporta una escalera que sube a una improvisada terraza en la cubierta. Un asunto hedonista, juguetón y deliberadamente complicado muy en la línea de Lucien Kroll, que estuvo implicado en su concepción. Esta invasión de la estructura existente constituye un relevante caso de diseño participativo a través de la adaptación, como fórmula opuesta al orden formal impuesto de los arquitectos. No es exactamente una celebración de la arquitectura, pero sí una lección importante para convivir

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